órbita

By R
No puedo salir al patio, el teléfono inatendido aturde esporádicamente en la sala.
A veces sueño que partes de mi cuerpo se deshacen. Hundo la mano en la panza, la piel de papel no resiste, me saco el colon que parece hecho de tela podrida, escarbo en mi panza con las uñas con las ganas con las que me arrancaría la cáscara seca de una cicatriz, vacío mi panza y voy dejando órganos muertos sobre una mesa. Sensación horrible, extraña. Sueño a veces.

Controlar la respiración: respiro hondamente, como un ángel, como un viejo cansado, con mi estúpido cuerpo automático.

Marcela tiene esa cualidad de prestar y olvidar la atención en uno de manera imprevisible, te mira y habla como miraría la nieve por primera vez un chico, extasiado. Y te olvida como si fueras una cajita de fósforos vacía apoyada en una tapia. Indiferencia, creo que a veces es desconsideración, es probable que sean fantasías mías nomás, indiferencia, de insecto de tierra.
Veo su letra redonda y alterada por el sueño escrita en las recetas del hospital. Pienso en su mano larga y cansada palpando los ganglios de los empleados del frigorífico, apretando la arteria bajo la piel de las muñecas sucias de los carniceros, su mano de ángel podrido, su mano caliente y tranquilizadora sanándolos. Arrastrando una tonada hasta el hartazgo con su voz de caverna húmeda y dulce, de vapor y cigarrillo, arrastrando las explicaciones de los prospectos, haciendo gestos con sus manos cansadas, de mimo sin ilusión, de sueño infinito.

Me canso de mirar la letra redonda, de imaginar las uñas, la cicatriz en el dedo, los anillos.
 

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