By R
todas mis espadas por un instante
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Ellos son El Instante en que Todo se puede, y aún no se han tocado las manos. Y en su reir tan perfecto rompen las baldosas, los postes de luz, los autos.
La lluvia hierve en el asfalto. En un instante.
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Corría descalzo por el cañaveral, y hacía botes con pedazos de telgopor, y represas de piedras y arena en el arroyo, y submarinos de troncos podridos.
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Lucía quiere una familia numerosa, varios hijos, vacaciones en un lugar del caribe que me olvidé, vivir en un pueblo tranquilo, en una casa con muchos árboles, pero cerca de una gran ciudad, para llegar rápido en auto al trabajo, quiere que envejezcamos juntos, en un amor indestructible, en una familia perfecta, quiere morir tranquila tomada de mi mano sonriendo.
Siento que nada me sostiene. Ninguna idea buena.
¿Qué podría decirle yo a un hijo, qué verdad?
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Viajar al centro me hace pensar que la vida también es un viaje y termina en un punto. Y me siento vano y tonto, puesto que soy un montón de azar con una forma humana, el mismo azar que imprime rostros de vírgenes en las parédes húmedas. Mis acciones tienen una regla, porque no podría haber algo sin reglas, pero son azarosas, son las reglas del choque de partículas. yo soy yo, pero podría ser cualquier cosa, y no hay un sentido en eso.
Soy un proceso. Un Barco de Teseo. El aire que exalo no soy yo. Soy algo que ocurre.
Declaración: Que un día me despierte y tenga otro rostro, y otro nombre. Deseo que mi cuerpo fertilice suelo cultibable.
Nunca viajes al centro durante el ocaso.
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¿Y qué quiere el feo monstruo? ¿Quiere una primavera por demás exuberante? ¿Quiere ver media docena de chicos con mocos sonriendo al aplastar orugas verdes con el tronco circular que usa el tío para sostener la Fiorino?
¿Eso quiere? ¿Por motivos de contraste?
Pues le demos al feo coso sus colores saturados, sus regalos de poder bienaventurado para que acomode su cuerpo obeso sobre las caritas de los muy tontos, para que se distraigan, y se sientan bien, y dejen ya de soñar que Caro se ahoga.
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Me siento terriblemente melancólico. Recién llego del cine de ver el documental de Luca Prodan, llueve mucho, es madrugada, estoy solo. Tuve esa sensación extraña de ser conciente de un momento de felicidad de manera retrospectiva, y me sentí un insecto inmundo, usurpando el lugar en el alma de un tipo que podría ser un rayo, un vector posando la mente en todas las cosas del mundo hasta morir, y lo único que hago es reforzar el capullito de insecto, para que nada pase, y no tenga frío.